De Madrid al cielo (Parte III)

La puerta de Alcalá

El primer día en Madrid, aún sin sacudirnos el polvo del camino, bebimos unas copas de vino tinto para espantar el frío. Yo, descubría la elegancia con que Yeni descorchaba la botella, con una parsimonia y destreza que nunca antes había visto en unas manos de mujer. Teníamos que celebrar la mudanza y la suerte de volver a abrazar a mi hermana mulata, ahora desde una tierra extranjera.

Yeni fue nuestro techo durante dos meses, la manta protectora que me dio cobijo, sin prostituir ni una sola letra de la FIDELIDAD que pactamos hace 10 años. Nuestra primera foto en Madrid es eso: la fortuna de ser cómplices, la sorpresa del reencuentro.

Madrid en diciembre exhalaba vida: la prontitud y la emergencia de millones de personas por cerrar un ciclo, la furia desmedida por comer, de comprar en los supermercados, de tirar alimentos y cualquier indicio de fracaso a la basura, mientras afuera, había demasiada gente contando sus escasos días de suerte con los dedos de las manos, como un niño que saca sus cuentas, que pierde el cálculo sencillo de sumar 1+2.

No hay un nombre tan hermoso como el que lleva la madrileña Puerta del Sol, con su emblemática estatua El Oso y el Madroño, donde chinos, negros, europeos, latinos y medio mundo han posado para constancia gráfica propia. Las noches de diciembre fueron menos oscuras por el árbol de Navidad gigante que adornaba la puerta madrileña, las colas eran interminables para tomarse una foto en el kilómetro 0 de las carreteras radiales de España, mientras yo me acostumbraba a llevar abrigos gruesos y botas, sintiéndome un poco disfrazada para la ocasión.

Madrid es una ciudad que no necesita maquillajes ni adornos, aunque el mar no se pueda concebir. Muchas veces la imagino cómo sería rodeada de mar, en parte, porque he vivido casi 30 años en una Isla y echo de menos la humedad, el olor a salitre, la brisa y el infinito azul de las aguas de Matanzas, de las playas del litoral norte y de la Bahía de La Habana, con el malecón como testigo del tiempo.

Madrid no es solo sus sitios históricos: su Plaza Mayor, sus museos, El Retiro, los barrios de Salamanca, el mercado de San Miguel, sus tapas y cañas, su salvaje Plaza de Ventas, sus fiestas más castizas, su jamón ibérico y su cocido madrileño, la Gran Vía, la fuente de Cibeles, sus calles más concurridas y cosmopolitas, sus cuatro torres en el Paseo de la Castellana, el olor a marihuana rozando en nuestras narices, el grito de los jóvenes y pensionistas defendiendo sus derechos, el ruido de los trenes en las estaciones de metro, la urgencia con que la gente anda en las calles, el acento con la “Z” que se arrastra entre los dientes.

Y ahí está viendo pasar el tiempo, la Puerta de Alcalá, como guerrera que se burla de los años, de la lluvia y el invierno. Madrid es el pan que no falta como acompañamiento en cada comida, la hora sagrada de la siesta nacional, sus programas televisivos de cotilleo, sus periódicos mañaneros en las calles, la inconformidad política de sus habitantes, los días de verano que queman el asfalto, las hojas de otoño que caen de los árboles, el silencio de los vecinos dentro del mismo ascensor, los buenos días vacíos y la infinita incógnita de saber quién habita el piso contiguo al mío.

Pero esta ciudad es también la de miles de mendigos que padecen los inviernos más crudos en colchones a la intemperie, que sobreviven con aquello que encuentran en los contenedores de basura y que piden a las mil vírgenes la llegada del verano. Madrid es también el sostén de cientos de manteros, que toman los lugares públicos para la venta clandestina; es la prostitución de mujeres a plena luz del día en calles como la Montera, la pobreza y la marginación escondida en una falda de mujer.

Esta ciudad es más que Lavapiés, no es solamente Malasaña o Chamberí. Madrid es el nuevo hogar de chinos comerciantes, africanos y marroquíes que desembarcan en pateras en las costas españolas, rumanos o húngaros, latinos con sangre española en sus ancestros y otros que escapan de regímenes como el cubano o venezolano; y también el lugar de descanso de ingleses y otros parientes europeos.

A veces entiendo que los nativos de aquí sientan que han perdido su espacio, pero otras no tanto, pues mi Isla vivió más de 400 años bajo la colonización española, no pacíficamente ni de convivencia ciudadana como en los tiempos de hoy, de manera que en Cuba nuestros antepasados se sintieran también desplazados y asaltados por otras culturas.

Madrid es una tierra de tolerancia cívica, de racismo también, de aceptación cultural, de dominancia y de pensamiento libre.  A veces es un lugar de paz o de redadas delictivas en Vallecas o Carabanchel, con sus pandillas de barrio y navajas de bolsillo.

Tenía razón Ernest Hemingway: “Madrid es un buen lugar para escribir”. Me ha devuelto las ansias de contar cualquier cosa, de narrar mis andanzas, sin importar que sea lo más simple y común de una existencia cualquiera.

En diciembre descubrimos en vitrinas el roscón de navidad, no tomamos las doce uvas pero contamos las campanadas de Nochevieja que transmitían en la tele, vivimos la lotería de Navidad y dimos la bienvenida al 2018, desde un pequeño piso en Madrid, desafiando el invierno, sin apenas sospechar que se aproximaría otra mudanza más en nuestros días.

Kilómetro 0

Continuará…

 

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