La grandeza de lo ordinario

davNo sé tú, pero yo saldré de esta cuarentena exactamente como la que fui ayer. No he hecho nada significativo, salvo traer para mi casa una mata de plátanos, si es que eso cuenta. No he aprendido a bailar, no me he creado una cuenta de TikTok y tampoco he hecho un voluntariado benéfico. Y la lista no muere ahí.

Tanta gente descubriendo sus talentos con la creatividad a todo color, con el balcón como escenario y el aplauso de ovación y yo, desde el otro bando, en el escuadrón de la simpleza. Saldré, tal y como reza una célebre publicación que he leído en las redes sociales, sin haber hecho nada extraordinario.

Ahí está, la idea omnipresente de que descubrirás una mejor versión de ti mismo. En estos meses de cuarentena, he buscado dentro de mí y afortunadamente, me he encontrado conmigo misma, tal cual.

Sin una nueva versión de actualización de software dentro de mí, he hallado a la misma mujer que habita en mi imaginario. La que digo ser, la que soy y la que perciben los demás. La misma, sin muchas mejorías y más tonos oscuros que claros. Porque no, yo no he encontrado todavía esa versión renovada en estos días de cuarentena.

He abrazado la grandeza de lo ordinario: estar conmigo misma, colar unas tazas de café de más, acumular tareas de mi profesor, parquear la bici en un rincón del salón, regar plantas que murieron luego por exceso de agua, quitarme el pijama como suceso del día y lo extraordinario de ver nacer las primeras hojas de culantro* de lo que antes fueron simples semillas. No pudo haber sucedido una cosa más hermosa que esa, después de haber estado virtualmente en la Casa Azul de Frida Khalo.

No he mejorado mi productividad, no he ganado followers en las redes sociales, no he odiado mis pantuflas, he batido mi propio récord de no hacer nada, he experimentado unos delirios intensos por salir a descubrir Indonesia y he vuelto triste a refugiarme en ti, cuando me saturaba viendo noticias de hospitales colapsados, de ciudades vacías y estadísticas de enfermos y muertos.

Eso sí que fue extraordinario: tenerte en tiempos de tormenta corrigiendo mi español, cuando dije aquella tarde “se ha morido la planta” y para despertar otro día, en el lado derecho de la cama.

No ha habido desde entonces nada de valor. Salvo sobrevivir, si es que también cuenta.

 

*Planta conocida como cilantro en otros países.

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